Gente rara

Él es raro, vende poemas a 20 céntimos a los que tomamos café en la terraza del parque. Se acerca a ti y con voz dulce e infantil, te sonríe: “Senyor, senyora ¿Els agrada la poesia?”.

Ella es rara, se ha quedado mirando por la ventana en el tren y ha soltado una carcajada sin más, está recordando y se aparta el cabello a un lado con el dedo índice. Un tatuaje recorre su cuello y llega hasta el meñique izquierdo. Tiene una risa preciosa que ha removido de miedo y rabia a medio vagón.

Él es raro se sienta delante de mi cada tarde al Sol, con zapatillas de andar por casa, el pelo por la cintura y una sonrisa perenne cada vez que ve una cosa bella. Toca el Ukelele y no te pide nada, “solo que expandas tu buen rollo para alimentarme un día más”.

Ella es rara, alumbró a su hijo a los 18 mientras lloraba el abandono de un amor prematuro y pasajero. Hoy tiene 26 y lleva cada mes a su hijo al cementerio a ver a su prima, muerta a los 4 por una enfermedad terminal. Que el cielo no existe, y la vida es el dolor que tu quieras y pretendas asumir, “es que  lo tiene que saber”.

Ella también es rara, antes era Ramón, doctor y docente en neurofísica en una Universidad de Inglaterra. Dirige un equipo de investigación en una facultad española. Incontables publicaciones, ponencias y estudios le hicieron saltar a la palestra no hace tanto tiempo. Ahora es Mariela, tiembla al mirar a sus alumnos, es incapaz de terminar una clase.

El resto, el de los prejuicios, dice llamarse gente normal.

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