(Sobre) Vivir a ciegas

37 billones de células (más o menos). Eso eres. 37 billones de células distintas componen tu esencia, tus pensamientos, tus tejidos, tu profundidad, tu agudeza… Un segundo, de una hora en concreto, de un día determinado, de un mes más frío o más cálido, de un año que pudo ser dulce o cruel, te dio por existir.

En ese preciso instante, dos personas, el azar y una energía casi sobrenatural decidieron darte un SÍ. Nunca es fácil o difícil. Cuando pasa es un torrente de vida que llega y llega con tal fuerza que se encarga de tener lista tu identidad en solo unos meses, y ya está, así, tal cual, es como te conviertes en un Ser perfectamente perfecto.

Han pasado treinta años o más y continúas creyéndote con el derecho de dejar de vivir horas, días, incluso  temporadas que podrían oscilar entre meses y años. Te crees con el derecho de dejar de vivir porque en algún determinado momento tú le indicaste a tus células que a partir de ahí el poder sobre tu esencia, tus pensamientos, tus tejidos, tu profundidad, tu agudeza… lo tendrían otros.

Y, sin embargo, todavía te sorprendes porque nada de lo que habías previsto que pasaría hace diez años continúa sin pasarte diez años después. Debería ser fácil, pero no lo es. Debería ser fácil volver a estar rodeado de la nada, pero el silencio de la nada es tan ensordecedor que, a veces, es necesario conceder los deseos de otros.

Dicen que este tipo de elecciones son lícitas, existe un alto porcentaje de seres que tan solo segundos antes de abandonar este mundo, en el balance de sus últimos días, se atormentan. La queja sobre la que habían basado parte de su existencia resulta rebelarse al final, para decirles que todo ha sido elección suya. No hay esclavos, no hay deberes, no hay excusas. Son elecciones.

No sabes cuando exactamente, pero un día, el silencio era tan insoportable que decidiste salir corriendo, pero para ello te obligaron a cargar con ocho dioptrías de más, para poder adaptar tu mundo a la perfecta visión del resto. Para poder vivir tu mundo totalmente a palmos, a ciegas. Y así no es fácil cerrar planes de hace diez años.

Sería útil nacer con un manual de instrucciones vitales. En ese manual, sería importantísima la definición de tu función principal en este baile, porque así, pasarías de contar dioptrías. Pero no, es todo una incógnita a resolver.

Pero existen dos cosas con las que sí venimos: una garantía y una fecha de caducidad. Esta última, llega, aunque normalmente no sepamos cuándo. Habitualmente el apagón no está programado (y eso es algo que obviamos demasiado). La primera, la garantía, es que en algún momento te va a tocar mirar tu esencia sin esas gafas horribles que cargan la miopía de terceros.

Nadie te lo ha dicho, sin embargo, lo sabes, aunque resulte imposible quitarte el armazón pesado de la nariz… “Procura que la fecha de caducidad no te pille hambriento y con las ganas de devorar esa garantía, intactas”.

 

 

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