A solas

Le solía pasar, le daba pánico atravesar el dolor irreversible que suponía la soledad. Se negaba y se colgaba de lo primero que llegaba en ese momento a la mente… fuese lo que fuese.

Sólo le calmaba Joni Mitchell y su “Both Sides Now”en bucle, en vena, con cafeína y si era posible, que retumbara en las cuatro paredes de su diminuto apartamento, por si de esa manera ahuyentaba a la soledad, que ésta se quedase pensativa, y decidiese dar media vuelta y marcharse por donde había venido.

Pero parecía ser que las circunstancias, las leyes universales y la energía planetaria le estaban obligando a abrirle la puerta, dejarla pasar y ofrecerle té y pastas para que se acomodara tranquilamente en su pequeño hogar.

Normalmente era de las que corría, corría tanto que cuando se giraba y la veía allá a lo lejos agotada, sonreía maléficamente, guiñaba un ojo y se decía a sí misma: “Otra vez la he vuelto a despistar”.

Pero esta vez se había cansado de correr, se había rendido a sus pies y con Joni Mitchell gritándole a través de sus auriculares, le abrió la puerta, la invitó a pasar, y con cierta aceptación le señaló dónde iba a habitar y deambular durante los próximos días.

Realmente, no sabía para cuanto tiempo se iba a quedar, no tenía ya más fuerzas ni capacidad para intuir si iba a tratarse de horas, días o una buena temporada. No llevaba equipaje, y por un momento se le olvidó pensar en eso, en que las emociones son etéreas y te visitan sin equipaje, saben cuánto tiempo quedarse, y en qué momento exacto desaparecer. Tú no tienes ni idea, pero ellas, es lo único que saben.

Así que obedeció a sus ojos, y se quitó a “Both Sides Now”, continuaba sonando en bucle a lo lejos, encima de la mesa pequeña del salón, pero ahora, lamentablemente, los pensamientos podían dolerle y entrar en su testaruda cabeza.

-“¿Qué más quieres que haga?”.

– “Ahora me vas a tener que mirar y no vale bajar la mirada”.

Se acurrucó en un extremo del sofá, se cubrió con su deshilado jersey y empezó a mirarla, solo con permanecer unos segundos fijamente en sus ojos, le empezaba a escocer el corazón. Se sintió incómoda, se le aceleraba el pulso y ese ritmo cardíaco le resultaba insoportable, así que tuvo que centrarse en respirar… Le vinieron a la mente un montón de cosas que hacer para evitar sentir lo que estaba sintiendo, pero ya no había marcha atrás y la música también había dejado de sonar.

Le vio los dientes, de verdad que le vio los dientes, y no quiso ni imaginar cómo sería el dolor en el momento en el que empezase a morder, y pasó, le mordió. Le mordió y escupió. Le mordió, escupió y la zarandeó. Al principio se dejó hacer, llevaba años ganándole la batalla y estaba agotada de tanta estrategia, así que decidió morir si era preciso en sus garras, si había llegado a esa situación, ya nada más podía hacer.

El maltrato parecía que iba a durar eternamente, salía a la calle con los moratones en la cara: Rojos, azules, morados y amarillos. Había perdido peso, puesto que estaba tan centrada en encajar los golpes y defenderse a patadas, que había olvidado cómo nutrirse hasta en lo más mínimo.

Sus trayectos se limitaban a ir y volver del trabajo, estaba profundamente concentrada en sobrevivir dentro de sus cuatro paredes. Cada día salía de su habitación, se duchaba rápidamente e intentaba salir sigilosa y fugazmente, no fuese que de un zarpazo la volviese a meter en el Ring.

Con bastante facilidad se le llenaban los ojos de lágrimas cuando un extraño se acercaba más de lo habitual, en silencio le gritaba que no podía más, pero ni siquiera era capaz de balbucear, estaba realmente enganchada a una lucha fantasmagórica que sólo ella podía ver.

Durante 90 días y 90 noches se desquició, peleó, destrozó su almohada y los nudillos de su mano derecha, ya no recordaba la voz de Joni Mitchell, sólo recordaba la melodía circular de su canción favorita y de vez en cuando, el saxo, ese saxo, esa delicia.

Solía visualizar su playa entre golpe y golpe, su playa completamente vacía, el saxo y las gaviotas, ajenas a todo dolor. Ni siquiera se alimentaba de finales felices. Qué finales, qué felices. A lo largo de todo este tiempo había decidido aguantar, tenía dos opciones, y decidió seguir, decidió no abandonar.

No supo cómo, pero un día se levantó sin miedo, lo achacó al cansancio. Ese día, decidió meterla en el Ring antes de la ducha, y como algo ensayado en el subconsciente de su mente, fue ella quien le dio el zarpazo, como si apartara moscas, sin mucha premeditación.

La apartó de un codazo, casi sin mirarla, y se metió en la ducha, empezó a acariciar los moratones y a sentir el dolor de toda la batalla en su cuerpo. No era ella, hacía demasiados días que no era ella, no se reconocía, y tuvo que elegir otra vez entre perderse o ganarse.

Cuando se visualizaba rendida, se imaginaba como el agua que se pierde, urgente, en el desagüe de esa maldita ducha, y no, no iba a permitir eso. Si las circunstancias, las leyes universales y la energía planetaria la habían metido en esto, es que podía con ello.

Sacó su habilidad pedagógica y trató de aplicarla con paciencia. Hasta tal punto que con un simple “Shhh” la mantenía en la distancia cuando la veía moverse por el rabillo del ojo. Su presencia ya no le dolía, simplemente pasó a ser una compañía incómoda y pesada.

Los días fueron pasando y aprendió a inmovilizarla cada vez que la empujaba a la zona de lucha. Hasta que llegó el día en que empezó a verla desnutrida, hacía tiempo que no se alimentaba de su debilidad, y eso, empezó a hacerle mella.

No sabe decir cuándo, pero llegó un día que su compañía ya no le asfixiaba, podía decir que ni siquiera le importaba. Se había acostumbrado a obedecer a su mente de tal modo que sus días terminaban tras un sinfín de tareas organizadas y cumplidas de manera espartana.

Era el fin de un proceso, tarde o temprano,  las circunstancias, las leyes universales, la energía planetaria o todo junto te abocan a procesos con dos opciones: Emprender o abandonar.

Le habían dicho mil veces que sería fácil, no lo fue, pero ella tampoco era la misma persona que abrió la puerta al monstruo con Joni Mitchell reventándole los tímpanos.

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