Luz

 

De las Trois Gymnopédies, la nº 1, era la que te tenía más obsesionada. Tenías la manía de visualizar secuencias de tu vida con la primera de ellas. Nunca llegaste a entender por qué el entrenamiento físico en Esparta le suscitó a Satie una composición tan triste, llena de melancolía e introspección. Tampoco le dabas demasiada importancia, la escuchabas y te imaginabas protagonizando un melodrama y ya está.

Eran las cinco de la mañana de un día de verano. Tú, con todas tus fuerzas, tratabas de nacer mientras tu madre, una preciosa joven de educación alemana, te cerraba las puertas a la vida con todo el miedo que respiraba. En ese instante, el Consejo de Sabios ya determinó que el miedo y la desesperación te acompañarían en cada uno de tus cambios.

A los siete años descubriste que eras un ser extraño. En clase, tiraste a la basura tu dibujo. Sonaba el Bolero de Ravel y debías de plasmar en el papel lo que te transmitía la fuerza de la inclusión paulatina de los instrumentos. Ellos dibujaron casas con paisajes. Tú, garabateaste con fuerza el flujo de tu energía al son de la melodía. Así creciste, rara.

Solías decir que a partir de los quince empezaste con demencia senil. Vivías tan rápido, sentías con tanto dolor, empatizabas con tanta fuerza que una manera de canalizar era olvidando hasta tus propias vivencias.

Solías moverte mucho, solía no saciarte nada, solías volar, solías no dejar de buscar frente la atenta mirada de quienes no entendían nada.

Te gustaba abrazarlas, te gustaba abrazar a esas almas que habían pasado por tanto que ya ni siquiera un abrazo lograba romperlas. Te gustaba conceder sus deseos, el último, un texto curativo para una viuda que no llegaba a los treinta.

Viviste el resto de tus días entre la aceptación de tus rarezas y el asombro que ellas producían.

Solías explotar con poco, solías no tolerar las injusticias, solías necesitar escuchar la voz de alguien para poder llorar -te daba pavor hacerlo sola-.

Solías gritar en el coche, solías quedarte afónica, solías mojarte, aprendiste a secarte sola.

Solías encender lámparas de luz a aquellos que vivían en la opacidad más invisible -o eso es lo que les gustaba decirte-. Y de todas tus rarezas, esa, era la única que nunca te creíste.

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