Elogio de la torpeza

elogio de la torpeza

Ella supone que ha llegado el día en el que es necesario dar voz a aquello que descuadra al mundo, a las mentes obtusas, a las cuadraturas perfectas, a los exigentes crónicos e insatisfechas perennes: La torpeza.

Torpeza en negrita cursiva y, si hubiese sido posible, con bien de subrayado. Torpeza que rima con belleza y riqueza y con miles de palabras que terminan con sílabas dulces, como alargadas y perfumadas.

Quizás la aceptación de la torpeza es lo mejor que hizo tan pronto como empezó a balancearse en este mundo. Ver la vida con la aceptación de este mal mayor, no tiene desperdicio.

Ella se dio cuenta de que todo giraba proporcionalmente en dirección contraria a su naturaleza cuando todavía podía contar sus años con una sola mano. Una memoria privilegiada, una mente relativamente distinta, un pensamiento exageradamente lógico y una espontaneidad desmesurada, la avalan. Todavía pregunta “¿a qué te refieres?” cuando oye a alguien excusarla a terceras personas a modo de “no lo ves, ella es así”.

No lo ve, es torpe. Como cuando cruzas conversaciones y terminas mandando el mensaje perfecto a la persona equivocada; como cuando decides convertirte en la ducha en la mismísima Kylie Auldist en un hostel de papel; como cuando vacías tu bolso y pierdes gafas, cartera, libreta de “Anotaciones y profundas vividas” y estampita en blanco y negro de la comunión de tu abuela (porque alguna coetánea te vio un día por la calle y te la introdujo con vehemencia en ese maldito bolso), como la cara que se te queda cuando te dicen que lo han encontrado todo, que entienden que todo pertenece a la mismísima persona y que no pasa absolutamente nada, no han leído nada ni piensan hacer ningún comentario al respecto, mientras les invade una risa floja imposible de controlar.

A veces le da la risa a ella, no da para más, porque básicamente no tiene más. El trabajo más glorioso que siempre recordará es el proceso de aceptación de tanto humor, ridículo, belleza, riqueza y condescendencia al unísono y que da sentido a todos y cada uno de sus días.

No hace tanto tiempo que aprendió a leer ojos y a oler pieles, así que olvida rápido la primera lectura de un rostro que la señala con “Peligro de ridículo”.

Porque leer y oler cuenta mucho más. Y porque a veces, se le olvida y cambia su autenticidad por aceptación, pero cada día, menos.

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