Antes de que naciera

antes de que naciera

Recuerdo que acababa de comprar entradas para un festival que abría sus puertas en media hora. Recuerdo que empezaba el color y el olor del verano. Recuerdo que estaba en una habitación luminosa de la calle Calàbria. Recuerdo que tenía una canción en bucle de Carla Morrison que me ponía de demasiado buen humor. Recuerdo que aún no tenía ni idea de la mierda de invierno que me iba a tocar vivir.

Recuerdo la vibración del móvil y abrir tu mensaje y caerme de culo. Recuerdo que tu mensaje fue sin premeditación y sin alevosía. Recuerdo tu llamada segundos después, tus gemidos que no sabían si salir en forma de entusiasmo o de acojone y tu redondo: “Me cago”.

Recuerdo tu test de embarazo y recuerdo que pensé: “Esto lamentablemente, me acerca más al punto que estoy tratando de obviar” porque si tú (Ser como yo) fuerte y sensible, delicada y jodida, irresistible y rabiosa, triunfadora y perdedora, ibas a traer a E. al mundo… Todo podía ser ya posible.

Recuerdo que pensé en mi padre y en mi madre, en lo que para ellos significa perpetuar un gen y en lo que significa para mí, pero su cara se me borró cuando empecé a pensar en lo distinta que podía llegar a ser de entre todas las madres y eso me gustó. Recuerdo que pensé: “Los míos, también tendrán suerte”.

Recuerdo que las dos lloramos. Recuerdo que las dos pensamos en el que te “inundó” con esa corriente de nueva vida que desprendías, porque lo ibas a convertir en padre sin que lo hubieseis planeado. Recuerdo que pensamos que se merecía lo mejor. Recuerdo que te dije que tenías suerte y que qué coño, él más de tenerte, aunque tu carácter sea tremendamente grunge, débil, borde y no se pueda ser más impulsiva.

Recuerdo que los meses pasaron y que no sabías qué hacer con tu barriga. Recuerdo cortarte las uñas de los pies mientras me llorabas en la espalda porque no sabías cómo ibas a poder ser capaz de parir. Recuerdo que estábamos las dos hechas mierda, cada una por lo suyo, cada una en una montaña rusa distinta, pero detrás de las lágrimas teníamos esperanza.

Recuerdo que te hice trenzas, que te ponía los cascos en la tripa con mi canción favorita de Hans Zimmer. Si E. iba a venir a este mundo, la música tenía que ser su bandera.

Sabes que pienso que no hay nada que la música no solucione, no hay proceso vital que la música no ponga su lupa para vivirlo intensamente y sabes que yo de eso, de vivir, pienso saber mucho de aquí a que muera.

Recuerdo que se complicó, se complicó mucho, se complicó demasiado para ser la primera vez que ibas a empujar a alguien a este mundo. Recuerdo mis sudores fríos, mi dolor de estómago y esa habitación blanca en la que te habían metido. Recuerdo que no nos dejaban verte y que E. estaba luchando como una guerrera. Recuerdo que pensé que ya estaba demostrando todo lo que tenía que demostrar durante toda esa vida que acababa de abrir.

Recuerdo que os vi, al fin. Recuerdo llorar otra vez. Recuerdo tu cara de “Me cago” por segunda vez, de “no sé qué hacer con ella” y recuerdo que te dije que te habías re-parido a ti misma con todo lo que un parto doble significa.

E. está en su cuna, a mi lado mientras te escribo esto, escuchamos a Hans Zimmer. De sus piezas hay una, “Maestro” que huele a ella. Es sutil, pequeña, dulce, intensa y vibra con una energía brutal al final.

No sé qué se siente al expulsar a alguien en este planeta (por más que me lo hayas explicado con pelos, señales, sensaciones y demás pormenores). No me consideraría más sabia por el hecho de hacerlo. Te veo y veo tus malabares, sigues siendo como yo, tremendamente grunge, débil, borde, sensible e impulsiva.

Y yo, acabo de comprar las entradas para el próximo festival. Estoy en otra ciudad, en otra habitación y sin tener ni idea de la mierda o suerte de invierno que me espera.

Ahora que huele a verano, ahora que tengo unos ojos que me observan, nos observan y que parece que anoten mentalmente cómo tiene que hacerlo todo aquí para no equivocarse demasiado ni liarla mil veces como hemos hecho nosotras.

Ahora que es pronto y todavía tiene tiempo de creerse todo lo que nos ha enseñado desde que se plantó con firmeza entre nuestras vidas.

A los que son maestros sin pretenderlo.

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