Tus 40 años

a tus 40 años

10 de mayo. Te acabas de despertar. No sabes cómo has sido capaz de atravesar esa puerta, la de sus padres. Al mismo tiempo tiemblas porque te ha gustado, demasiado. Estás confusa. No puedes juzgarte, es más “deja de juzgarte” te dices.

El placer hacía tiempo que lo dejaste de lado. Hacía tanto tiempo que unos ojos no entraban tan adentro que todo ha sido demasiado fácil, demasiado fluído, “como debe ser”, te repites. Como debería haber sido.

No ha habido parte de tu cuerpo que no se haya erizado. Mientras te hacía todo eso, te daba pinchazos el corazón y te venía su cara a la mente. La de ellos también, pero no has hecho demasiado esfuerzo en esfumarlas porque lo hacían solas.

No recordabas ya lo que era que el estómago se diese la vuelta. No recordabas lo que era retorcerte de placer, ni dejarte llevar, ni dejar de controlarte al jadear. No recordabas demasiadas cosas que él, quince años más joven que tú, te ha hecho revivir.

Te has levantado, empiezas a oír a esos pájaros que indican que es la hora de despertar o de dormirse, según para quién. Esos pájaros te dan pereza, para todo, pero más para volver. Te abrochas el sujetador y sales de esa casa dejando a una parte de ti allí, la que se dice que nunca más va a salir de ahí.

9 de abril. Acabas de cumplir cuarenta años. Tienes dos nombres, uno de ellos es María, porque naciste en un tiempo en el que tus padres empezaban a cuestionarse el tema, pero todavía no eran lo suficientemente valientes para dejarte sin esa protección crucial, de cruz.

Y con todo ese rollo, empezaste aquí.

A tus diez ya llevabas tres años yendo de campamento cada verano con alguna de las asociaciones religiosas de tu pueblo y ya te habían dicho que estarías en la Junta hasta que te casaras.

Sí, te casaste, no era quizás lo que esperabas, pero cuando te acercabas a la trentena, allá a principios del siglo XXI, tenías un pensamiento irracional pero real, como un sueño repetido en noches de sudores y pesadillas: Una apisonadora te perseguía y delante solo tenías un precipicio. Así te sentías ¿Cómo te quedas?

Así que te casaste, expusiste el vestido para que todas las vecinas pudieran reportar cuántas grietas tenía el salón de tus padres y cuánto podrían costar los pendientes. Esos que tu abuela te había regalado para la ocasión, fruto del sudor de años de trabajo en esa tierra que todos se niegan a vender.

Te cortaste el pelo, a lo garçon, para ganar más practicidad y tiempo. Es que cada día hacías maratones que empezaban desinfectando tetinas y terminaban derrapando en camas ajenas repartiendo biberones y abrazos llenos de culpabilidad, hasta que te dejabas caer en la vuestra. De lo otro, ni hablar. Pero cuidasteis, al menos, dedicaros un día a la semana, aunque cada vez con más esfuerzos.

En un mes celebraréis todas vuestro cumpleaños. Os conocéis desde el colegio y aunque os cuesta, tratáis de atesorar el máximo de momentos juntas. Después de todo, habéis corrido diferentes maratones juntas.

Así que reservaréis en un restaurante. Así que te perfumarás. Así que beberás. Así que bailarás. Así que te dejarás probar por miradas que morderán más que cualquier otra cosa. Así que aceptarás. Así que te volverás a abrir.

11 de mayo.  Y no sabes quién eres. Pero hueles a que algo viejo se ha astillado y no hay marcha atrás.

Los cuarenta años que has vivido aquí (solo) te han servido para hacer el máximo de errores que una persona puede acumular en cuarenta años.

Nada más y nada menos.

Te dices que vas a vivir, con suerte, cuarenta más.

¿Por dónde empiezas?

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