Las mentiras que te dices

 

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Necesitaba tenerla. Él creía que si una mujer de sus características era capaz de dedicarle su tiempo, le dignificaba. En cierto modo jugaba. Se apartaba cuando ella se dejaba llevar demasiado y regresaba con necesidad cuando intuía que ella tenía otros entretenimientos. Necesitaba sentir que alguien (con criterio) estaba ahí para él.

Jugaba a ese juego tan rancio de disimular una necesidad de atención feroz. De pedir reciprocidad mientras hacía escapismos; de desear compartir las tardes lentas y nubladas con ella, mientras decidía no responderle a las llamadas; de admirarla y morderse la lengua cuando al hacer el amor le salían palabras dulces; de querer tenerla a ella en su cama y llamar a otras, para no engañar, para no engañarse.

Eso era él.

Ella aprendió a leer las carencias de los demás demasiado pronto. Así que ella era otra cosa.

De los dos, la única que conocía la estrategia del juego era ella. Sabía todas y cada una de las mentiras que él se decía.

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